Pictures of you by Macarena C.Hace más de diez años decidí dejar atrás mi reloj, esa obligación eterna de mirar la hora en la que vives sin poder disfrutar de lo que vives. Descubrí cientos de sitios donde podía comprobar la hora, el más simple y a la mano eran las cabinas de teléfono. Así que dejé de hacer la chiquillada de mirar si alguien había dejado alguna moneda para ver qué hora era. Al principio era un poco problemático porque no dejaba de mirarme la muñeca de carne y hueso sin obtener otro tipo de respuesta. Pero al final obtuve un poco de paz interior, la buscaba en cierta manera. El tiempo fluía con todo aquello que me pasaba y lo disfrutaba mucho más, me concentraba en las clases de la universidad, caminaba con pie firme pero gustoso por las calles de mi ciudad y era capaz de mirar al cielo sin temer a que todo aquello pudiera acabar.
Hace más de diez años me regalaron una cámara réflex. Las cámaras compactas se me quedaban cortas, después de cogerle el gusto a la antiquísima cámara réflex de mi padre necesitaba tener una en la que no necesitase usar continuamente aparatitos para medir la luz y la velocidad para después sacar la mitad de las fotos borrosas... pero la otra mitad de premio! Mi cámara réflex y las fotografías que sacaba con ella solían gustar pero mi miedo a dejar los negativos siempre hizo que mis obras de arte tuvieran poca difusión. Recuerdo el rollo de película de hace dos años, aquel que utilicé cuando fui a Delft -con lo que empezó todo lo que ahora parece estar acabado- y que aún está en mi cámara réflex. Se habrán fundido las fotografías holandesas y la cámara, quizás sí o quizás no, pero lo que no ha desaparecido de mi cabeza son todas esas imágenes. Bombardeada por fotografías, flashes, poses, grupos, parejas, paisajes me llegué a saturar de tanta fotografía y de tan poca calidad. Ha pasado el tiempo, he ido a tantos eventos de los que no tengo miles de fotografías pero de los que me ha quedado tal huella mental que no me puedo deshacer de ella. Tantos otros han tomado instantáneas de esos momentos de las que conservo algunas. Renuncié a tomar esas instantáneas para no perdérmelas mientras pasaban. El precio de tomar el presente para el futuro es que al final sólo te puedes alimentar de recuerdos no vividos. Pero ahora, hace un tiempo, tengo ganas de volver a captar, de volver a inspirarme, de encerrar todo aquello que me rodea. Nunca hago la carta a los Reyes, ni le pido a Papá Noël, ni le pego al Tió... pero este año he pensado que por una vez en la vida me voy a dar un capricho.


