01 de juliol 2012

Cuando no se puede respirar


Incendio en Yátova de German García (AFP)


Llevábamos dos días bajo una lluvia de cenizas. Eso significa escozor en los ojos al pedalear a contraviento. En realidad lo que significa es que caen sobre ti hectáreas de monte calcinado; flora y fauna reducida a finas películas sobrevolando kilómetros de territorio. El jueves noche eran hilos negros, el viernes pequeños cuadrados blancos, el sábado tomas blancas. Como todos los días hoy me ha despertado el humo, pero esta vez no era el vecino del piso de abajo fumando en su balcón. Hoy me he despertado casi tosiendo, un rayo naranja se colaba entre mis sábanas y al fondo una luz triste y gris iluminaba el resto del día. 

Vivo en un pequeño pueblo en el corazón de una gran ciudad y parecía adentrarme en una realidad totalmente ficticia. Estos últimos días las campanas del campanario que bailan al otro lado de la calle me han sonado a toque a fuego. Esta mañana entraba el olor de la chimenea del vecino por mi balcón, como si de un pueblo real se tratara en el que por la tarde el calor amaina mientras llegan vetas de humo de las casas cercanas, esas casas hechas con piedras anchas que mantiene las casas frescas en verano, tan frescas que hasta te sientes mejor encendiendo el hogar. Entonces pasa por la calle un gato solitario danzando sobre sus pies acolchados mientras unos rayos débiles y anaranjados acarician tu mente para decirte que debes ir a la cava a tomar unos vinos y jamón serrano. Por la calle no hay nadie y la bruma de la tarde se acaba posando sin dejarte ver, obligándote a cerrar los párpados mientras el sol sigue cayendo. Pero no es así, el humo que respiras viene de los incendios que hay en el interior. Apunto de toser sientes que tus pulmones no tienen casi fuerza después de haber estado respirando ese humo mientras dormías, y te das cuenta que no han ardido dos leños sino 50.000ha. El humo está inundando todas las calles espantando a personas y animales dejando tras de si una tremenda calma.

Todos estamos en casa padeciendo por ese viento incontrolable que empuja las lenguas de fuego a devorar masa verde. A punto de llorar me retrotraigo a los incendios de Teruel de hace tres años cuando evacuaban a las personas de sus casas, donde no había más manos que las de las gentes de sus pueblos, pues todos los efectivos estaban desplazados al gran fuego de Els Ports. Los vecinos se movían de un pueblo a otro a medida que el fuego iba avanzando engulléndose toda la vida que encontraba por su camino. Ellos no podían respirar, nosotros tampoco.


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